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Todo
comenzó con el primer ladrido; antes, no se escuchaba ni guau. Y cuando
digo "antes", estoy diciendo "antes de tu llegada". Cinco
años antes, precisamente. Después, todo se convirtió
en un infierno. Sí: el "infierno tan temido" se había
instalado sobre mi casa. Sobre mi cabeza para ser más exacto. Y la
de toda mi familia para ser más preciso.
A un guau lo siguió otro guau. Después... otro... y otro... y otro... Y cuando nos quisimos dar cuenta, tu perro, tu simpático perrito, ya llevaba 45 minutos ladrando sin parar. Ininterrumpidamente. Como una retropercutora. Hasta que llegaste, o llegó alguien de tu familia, y el pichicho se calmó. Y todos nos calmamos. Hasta el siguiente ladrido, que fue a las cuatro de la mañana, cuando alguien pasó caminando cerca de tu ventana (en honor a la verdad más cerca de la mía) y se alejó como si nada, en breves segundos, que los ladridos de tu perro convirtieron en minutos, en largos e insoportables minutos. Hasta que se calmó. Por suerte. Pero el daño ya estaba hecho. Y me quedé despierto hasta las 6 de la mañana, que fue cuando alguien de tu familia o vos se levantó para ir a trabajar o qué, no sé, y el cándido can comenzó con su ritual de costumbre. Hasta que se calmó. Y volvió a ladrar. Y se calmó. Y volvió a ladrar, y no paró hasta las seis de la tarde, que fue cuando regresó el primero de los ausentes de tu familia. Tal vez vos, tu papá, tu mamá, tu hermano... Qué sé yo. ¿A quién le importa? ¡A quién le importa!
Quince días después, para que veas que la tolerancia es un mal en sí mismo, te toqué el timbre; ¿te acordás? Me atendiste precisamente vos, con tu mejor cara de buena vecina y sin saber de qué se trataba. Que no fue tal cuando te dije: "el perro". "¿Qué pasa con el perro?", dijiste como no sabiendo de qué te hablaba. "Sus ladridos", te respondí. "¿Cuáles?", me dijiste continuando con esa cara de nada. Y en vano intenté explicarte todo lo que te expliqué si para vos, tu perro, tu bendito perro, apenas ladraba. Decir que fuera mudo, ya era mucho pedir; pero ganas no te faltaron. Y a partir de ahí se desató la guerra. Con metralla de ladridos que duraban hasta seis u ocho horas diarias; las uñitas de tu pichicho clicliqueteando por sobre todo nuestro techo; los juguetitos que vos le dabas arrastrándose de aquí para allá; la cadena que le ponías antes de salir, arrastrada por sobre todo el piso tu casa; vale decir el de tus viejos o el techo de la mía, la de toda mi familia; es decir: la losa del consorcio... Y la negación de los hechos a cada llamada de teléfono; el argumento fácil de nuestra intolerancia; y el súmmum del insulto con el cual me carajeó tu viejo aquella nochebuena, en la cual dejaron durante 48 horas al perro, solo en la casa, a merced de los petardos, los fuegos de artificio y los gritos de la gente hasta las tres de la mañana. ¡DOS DIAS LO DEJARON! ¡EN PLENA NAVIDAD COMO UN REGALO! Teniendo auto donde llevarlo, y una quinta en General Rodríguez donde llevarlo y soltar para que se desahogue, ese perro latoso, tu hijo adoptivo, tu mascota, el amor de tu vida, o como quieras llamarlo.
"El límite es uno mismo", decía mi terapeuta de hace unos cuantos años atrás. Pero claro, era mi terapeuta, no la tuya. Así que vos ni te enteraste. Ni tu familia. Y menos tu sobrino, que salía a la calle y le gritaba a tu perro que corría como un desaforado por todos lados. Llamándolo por su nombre, creyendo que el perro sabía castellano... "El límite es uno mismo"; pero a vos no te explicaron qué alcances tiene un límite. Y por eso tal vez a las doce de la noche bajabas por las escaleras del edificio gritándole a tu perro que era un necio y no sólo se resistía a hacerte caso, sino que se empecinaba en no querer aprender ni una sola palabra de tus códigos, en tanto te empecinabas en no aprender los suyos. ¡Vaya, qué perro necio! "El límite es uno mismo"; pero vos no lo sabías; y con tus tradicionales gritos nocturnos, superabas a tu propio perro y ya en la calle, rompías el silencio con tus propios ladridos femeninos: "Chicho, ¡vení para acá!" "¡Chicho, te estoy hablando; ¡desobediente!" Pero no había caso, che: necio como él solo, el perro insistía en desobedecerte; y corría, y ladraba como un desquiciado, y jodía a todo el vecindario. ¡Qué tiempos aquellos!, ¿te acordás? Y como nadie tenía el civilizado criterio de decirte basta, te veías exuberante en los ilimitados alcances de tus derechos, pisoteando y sin saberlo merced a tu tara, el de los demás.
Lo que nunca me expliqué es cómo hacían todos Uds., vos y tu familia, para no registrar sus ladridos. ¡Qué capacidad de tolerancia, santo cielo! O de patológica necesidad de sentirse acosados por un perro. Lacán ya lo dijo: "en el dolor, también reside el goce". Caramba entonces: ¡qué capacidad de gozar que tenían vos y los tuyos!; lindante con la envidia al pene de las histéricas freudianas.
Una mañana, y a partir de allí casi todos los días, comencé a notar cierta humedad maloliente en la puerta de entrada del edificio. Suponer que fuera meada de tu perro no me costó nada. Lo que sí me costó horrores entender (y aún me cuesta) es que todos nuestros vecinos se empecinaran en guardar silencio, nadie dijese nada. Que todos apostaran al silencio. Como si lo que se niega no existe, o al meo sólo lo viésemos y oliésemos los miembros de mi familia; y los otros perros, obviamente, que pasaban por la puerta, olían, y certificaban la especie con su propio chorrito; para luego marcharse a tranco corto y ligero como habían llegado, después de haber sumado su firma.
"El límite es uno mismo", decía mi terapeuta, pero eso no fue suficiente por lo visto, porque ¿qué parte de uno mismo es la que determina el quiebre de algún límite?
En términos generales, a la indiferencia de tu parte y la de tu familia, le sobrevino el insomnio de la nuestra, la baja en el rendimiento laboral de parte de mi esposa y el mío, y la caída del rendimiento escolar de nuestra hija. A tal punto, que mi mujer aprovechaba los viajes para dormir; en tanto la Rectora nos citó para indagar sobre la razón del abrupto declinar del promedio de una alumna que, gracias a un común esfuerzo familiar, calificaba con buenas notas. Fuimos, explicamos, contamos esto y aquello, dimos ejemplos, citamos tus respuestas, le mostramos los artículos sobre trastornos de ansiedad canina por abandono temporal de sus dueños, etcétera. Y salimos hechos pelota cuando la mina hizo un comentario tal como que, "todo es cuestión de costumbre"; que si poníamos voluntad, pronto anestesiaríamos los ruidos porque el cerebro tiene mayor capacidad de tolerancia respecto al ruido ambiente de lo que creemos; que pusiéramos un colchón de goma eva en los cielorrasos; que comprendiésemos que un perro, además de ser un mascota era una extensión de la familia, y bla... bla... bla... Hasta nos habló de la Gestalt y aquello de figura y fondo a modo de respuesta. O de solución, quién sabe. En síntesis: la famosa moralina que pone en la víctima la obligación de defenderse y reivindica al victimario porque sí, como si nada. Salimos hechos pelota, ¿sabés?; para después enterarnos de que la señora en su casa tenía, no uno sino tres perros que según ella, eran un primor en tanto le mostraba las fotos de "sus bebés" a todas las profesoras de la escuela. Como harás vos seguramente, ante tus conocidos. Compensando tu parte maligna con la máscara de amor perruno.
"El límite es uno mismo", pero yo no lo veía; en tanto cargaba con la culpa social del fantasma de la Sociedad Protectora de Animales; el insomnio; los trastornos digestivos que mi señora y yo comenzamos a tener; las hematomas espontáneas que comenzaron a salirme en todo el cuerpo sin razón aparente; y todo porque después del último ladrido, nos quedábamos tensos esperando el próximo que nunca llegaba o, cuando lo hacía, nos agarraba distraídos y nos paralizaba el corazón.
El padre de Roberto Arlt, el autor de "Los siete locos", hacía algo así: amante del Führer, cada vez que lo castigaba, le decía que a la mañana bien temprano cuando saliese el sol, lo sentaría en una silla y lo castigaría con el cinturón. Y el pobre Robertito se pasaba toda la noche rogándole a la Luna para que no se fuese. Pero el día llegaba inevitablemente y con él, el segundo castigo. Porque el primero, el más cruel de los dos, era el terror de la victima esperando la concreción del castigo físico. Castigo que al fin de cuentas, era liberador del espanto. Y así vivimos nosotros, día tras día; noche tras noche; acorralados en nuestra propia casa. Rehenes de un capricho: el de tener una mascota (algo lícito) en el contexto equivocado; y sin asumir todas las responsabilidades que representan ser duelo de un perro, como por ejemplo, recoger la caca que éste deja en la vía pública, y arrojarla en algún bote de basura, no al costado de un árbol, o en el medio de la calle como hacen muchos; sacarlo a pasear con correa y bozal... esas cosas, que hacen la diferencia entre civilización y la barbarie.
Seguí llamándote por teléfono, mandándote mensajes de texto, dejándote notitas por debajo de la puerta, y te saturaste. Toqué tu límite. Al final el tuyo resultó ser más frágil que el nuestro, ¡quién lo diría!; pero no fue así precisamente cómo lo registraste. Y nos hiciste llegar la citación a una mediación voluntaria en el CGP del barrio. Fuimos; aunque no era nuestra obligación lo hicimos para ver qué nos planteabas. Y te escuchamos decir que te acosábamos, que tu perro era parte de la familia, que tu perro no ladraba, que en el edificio nadie se quejaba, que lo del meo era un invento, que tu perro no era el de las cacas, que otros vecinos del edificio también tenían perro y nosotros no le decíamos nada...
En vano fue que te explicáramos que a esos perros ni se los sentía. Que nuestra hija vio a tu perro, no al de otro, hacer popó al lado de la puerta de entrada; y que muchas veces desde la puerta de tu departamento hasta la de calle, habían un caminito de gotitas que concluían en una laguna a lado de la puerta. Lloraste, nos acusaste de fascistas, de intolerantes, de inhumanos, de odiar a todos los animales del universo, de perseguirte por ser "mujer y soltera" (con suerte de que no fueras "gorda y calva"). De no saber vivir en comunidad. De ser pésimos vecinos, porque éramos los únicos que nos quejábamos; siempre comparado con el silencio de los demás. De que tu papá siempre te decía (y tu mamá lo confirmaba), de que desde que llegamos nosotros se había acabado la paz en el edificio porque siempre nos quejábamos de todo y que nada nos parecía bien.
Sí, nos quejamos, porque a nuestra llegada pudimos percibir que los matafuegos estaban vencidos y sólo había uno por cada entrada, apoyado en el piso de un descanso de la escalera; de que no había luz en los pasillos; de que la pintura estaba descascarada y parecía una villa miseria; nos quejamos de que las baldosas de la calle estaban rotas y los balcones hechos percha al punto de colapsar; de que cualquiera a cualquier hora del día sacaba la basura contrariando las ordenanzas municipales; nos quejamos de que la una de la mañana no era una hora para hacer prácticas de canto por los pasillos o hablarle a los perros y mucho menos retarlos por desobedientes como a un chico; de que el nicho de gas no era un estacionamiento de bicicletas; ni los pasillos un jardín botánico; o que no había una sola cinta antideslizante en los escalones, o porque no había luces de emergencia; etc. Por todo eso nos quejamos, y más.
En vano tratamos de explicarte que durante años tus padres nos ningunearon por los ruidos molestos las 24 horas del día. En vano fue que te dijéramos que padecimos años la amoladora de tu viejo a toda hora del día, los toc-toc hasta altas horas de la madrugada, del martillito de tu mamá que se armó el taller de marcos y pintura sobre nuestras cabezas, los pincelitos que se le caían, el rodado de la silla yendo y viniendo; la batería de tu hermano, el bajo, la guitarra eléctrica... el tiqui-tiqui del pie siguiendo el ritmo... hasta que Cupido nos hizo justicia, lo atravesó en el pecho, y se mandó a mudar a su propio nidito de amor con su novia, y a joderle la vida a otros; gracias a Dios, que es un perverso que aprieta pero no ahorca. Con esa novia que nos taladraba el cerebro cada vez que se instalaba en tu casa con sus insoportables taquitos de punta aguja yendo de aquí para allá.
Después de que tu hermano se fue, tuvimos seis meses de gloria y de respiro hasta que te peleaste con tu pareja allá en donde fuera que vivías y te viniste con tu perro, tu maravilloso e intocable perro. Y lloraste tanto en esa mediación que mi mujer, la reina de moco tendido, se quedó seca en su silla sin poder decir ni "mu" ni "guau" ni "miau", sin derramar lágrima alguna; y francamente te felicito porque la superaste. No porque lloraras, sino porque lo hacías de verdad. Con verdaderos sentimientos. Con absoluta impotencia e indignación por tener que soportar a un par de mal paridos como nosotros que no entrábamos en razones de ninguna manera y éramos tan egoístas que sólo nos mirábamos el ombligo. Unos desubicados de mierda que sólo reclamábamos paz e intimidad. El caprichoso derecho constitucional de gozar de nuestra propiedad.
Después de esa cita fallida en donde la mediadora estaba más de tu lado que del nuestro, decidí llevar el asunto a judiciales y te mandé una Carta Documento, ¿te acordás? A la cual contestaste asumiendo que tu perro tenía problemas de conducta, pero... que en un esfuerzo de buena voluntad y mejor convivencia, alfombrarían los pisos y contratarían a un especialista en conducta canina, por lo tanto, nos pedías que tuviésemos la suficiente paciencia durante un tiempo razonable. Otra vez la tolerancia. Sin embargo, ese día, tu respuesta nos devolvió el alivio. "Lo asumió", dijimos. "¡Se dio cuenta de que su perro es imbancable!". Pero todo siguió como estaba. Y al cabo de unos días, cuando creímos que todo estaba mejor encaminado, tu perro dijo "guau", y no paró hasta las ocho de la noche. Te dejé una nota por debajo de la puerta, y al otro día no viniste vos a dar explicaciones, vino tu papá y le limó el cerebro a mi esposa en tanto yo me hallaba en el correo enviándote otra Carta Documento. Vaya, ¡cuántos recuerdos nos unen!
En esa confrontación entre ambos, mi mujer le dijo que yo estaba muy enfermo y él, que por lo visto ya tenía un prejuicio sobre mi persona, le contestó que sí, que era un enfermo psiquiátrico digno de ser internado; a lo cual mi esposa indignada le tuvo que corregir diciéndole que no, que yo estaba enfermo de los nervios por los ruidos que durante años elllos habían hecho, y ahora, por ese maldito perro; que sufría de problemas circulatorios, gástricos e intestinales, que llevábamos gastados una fortuna en estudios clínicos, medicamentos, terapia, etc. Pero que no se preocuparan, porque habíamos decidido vender y mandarnos a mudar para vivir en paz fuera de sus tormentos.
Grave error fue de parte de mi esposa sincerarse, porque después de eso ustedes coparon la parada; y tu perro ladró cuando quiso y cuanto quiso; vos le hablaste en el pasillo a cualquier hora del día como una verdadera idiota tratándolo como si fuera tu hijo, tu desobediente hijo; el perro cagó y meó cuanto pudo y donde se le dio la gana; y así fue todo en el conjunto, en tanto me respondiste la segunda Carta Documento diciendo que yo era un obsesivo compulsivo que te acosaba (otra vez con lo mismo) "por mujer y soltera"; que era un sujeto antisocial e intolerante y no recuerdo ahora cuántas pavadas más elucubraste para quedar como una lady virginal e inmaculada.
En tanto el destino, que rara vez está del lado de los necesitados, se puso de tu lado y mi vecina de enfrente, hasta entonces nuestra mejor vecina, se apareció con un cachorro de labrador. Todo, porque la psicóloga se lo había recomendado para que su adolescente hijo aprendiera a ser "responsable". Nadie le dijo a la vecina que los cachorros crecen, y que en una casa en donde las figuras de autoridad están ausentes, el perro, que es más que adorno, es más que un juguete, más que un suplente y más que simple mascota; tiene sentimientos, extraña, llora, se siente abandonado, se enoja y expresa su angustia con lo único que puede hacer durante las ocho horas de irresponsable ausencia: "LADRA". Ladra como un descocido. Pide ayuda. Da órdenes que nadie atiende: "¡sáquenme a pasear, cretinos!"; "¡tírenme el palito que lo voy a buscar cuantas veces se les de la gana!", etc. Y ladró, y ladró, y ladró... y nos taladró el cerebro como lo hacía le tuyo. Sumado al tuyo. En tanto nosotros, que recibíamos gente en casa como parte de nuestro trabajo, nos vimos seriamente afectados en nuestro lucro y tuvimos que desistir de hacerlo porque cuando no era tu perro era el de la vecina, y cuando no, los dos juntitos comentándose su enojo. Uno arriba, el otro delante de la puerta, gritando desde el balcón, y dándose golpes tremendos contra algún objeto: "¡socorro, sáquenme de aquí, por el amor de Dios que me voy a lastimar por su maldita culpa!... ¡GUAU!... GUAU!..."
Lo más gracioso fue cuando haciéndote la comprensiva y civilizada me pusiste en la última Carta Documento que para nuestro bien y nuestra tranquilidad, habías contratado a un "especialista en conducta canina". O creíste que nosotros éramos unos imbéciles o a vos te vieron la cara. Y lo peor es que la cosa se agravó, porque a las siete de la mañana, sabiendo que vendrían a buscarlo, tu perro, tu ansioso y susceptible perro, se ponía a ladrar como un desquiciado y nosotros, dueños de nuestra propia casa en los papeles pero ya no en la realidad de nuestras propias vidas por tu mascotero capricho, nos teníamos que levantar al ritmo de tu familia. ¿Con qué razón? NINGUNA. ¿Así era como pensabas beneficiarnos? LO DUDO. Una cosa es esperar que llueva; otra cosa muy distinta es que eso suceda.
Entonces tuve la luminosa idea de observarlo todo por la ventana (no me quedaba otra, como te podrás imaginar), y ahí vi cómo tu perro, en el otro extremo de la manada, le ladraba a la nada todas las mañanas casi acogotado por la correa en su desesperación por despedazar algo que ni él sabía. Y digo que si nos viste la cara o te la vieron porque eso que yo vi no era ningún especialista en conducta canina, era un simple y elemental paseador de perros que dudo inclusive que estuviese registrado conforme a la Resolución Nº 426/05 del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Lo maravilloso fue el día que decidí ver a dónde llevaba los perros. No sabés cuál fue mi sorpresa al constatar que los llevaba al parque más cercano, a algunos los ataba a un árbol (al tuyo por ejemplo) y a otros, más confiables y acostumbrados, los dejaba hacer de las suyas; mientras con otro colega se prendían un porro y conversaba amistosamente. Buenísimo hubiera sido que, por lo menos, le hubiesen echado humo en el hocico a tu ansioso perro... en una de esas enganchaba la sintonía y se ponía a tono con tus alucinaciones de amante de los perros pero no de los vecinos, en tanto te pavoneabas por el barrio con ese perro histérico hecha toda una madama.
Bueno, como habrás notado, nosotros sí cumplimos nuestra palabra y nos mudamos. Malvendimos una casa hermosa por un minuto de silencio. Pero con tanta mala leche, que huyendo de dos perros neuróticos enfermos de "ansiedad por separación", caímos en Villa Perruna, que es como le llaman a Villa Maipú, en el partido de San Martín, en donde por cada casa hay como mínimo un perro y es imposible tener cinco segundos de paz que no sea desbaratado por más de un angustiado perro ladrando y reclamando como el tuyo, para que lo saquen de paseo las 24 horas del día o, por lo menos, le marquen su presencia para matar su aburrimiento.
En fin: quería decirte esto y algo más: ni mi señora ni yo ni ninguno de nuestra familia tuvimos algo que ver con la muerte de tu perro y el de la vecina. Que en paz descansen todo aquello que no nos dejaron descansar, y a Dios gracias. Que de haber sabido que alguien más estaba al asecho y resolvió como pudo, ni nos hubiéramos mudado.
Moraleja: "con los dueños, no se habla". Y el que lo hizo, por lo visto lo sabía.
Gustavo Karcher/.